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Seis horas de espera en el aeropuerto dan para mucho, sobre todo para acordarse de que cuando no puedes cambiar algo, es mejor respirar e intentar adaptarse a la situación, en lugar de intentar pelear y enfrentarse a algo que es, y punto. Eso lo aprendí en las largas esperas en Camerún, cuando había cosas que no se podían conseguir en el momento en que se requerían, sino que se acababan consiguiendo cuando se podía. Así que pese a no haber dormido más que tres horas la noche anterior, por los nervios “previaje” normales en mí, sobreviví a la espera con una sonrisa en la cara, deseosa de pisar suelo senegalés. Mientras tanto, tuve la suerte de contar con electricidad disponible y pude conversar y evadirme con muchas personas que quisieron acompañarme en ese largo trance. Me sentí completamente dichosa de tantos buenos deseos y personas que me rodean, es una bendición.

Puse el pie en Senegal a las 6 de la mañana, cuando casi estaba a punto de salir el sol. Entre controles, recogidas de maleta y cambios de dinero, acabó por salir. Me vi de pronto envuelta en una marabunta de taxistas que se ofrecían a llevarme. Pronto me daría cuenta que esta situación no es algo excepcional del aeropuerto, sino que pertenece más al hecho del color de mi piel, como si al ser blanca fuera asociado el poco gusto por caminar. Divertido. El taxista resultó ser bastante majo y me llevó hasta la puerta de casa, no sin antes darme un tour por la costa de Dakar. Fue una suerte al final el que hubiera habido retraso, ver amanecer en Dakar fue mucho mejor que haberla “conocido” a oscuras. Al llegar al edificio, que estaba bastante céntrico según me dijo el tipo, nos estaba esperando el guardián del mismo. Así llaman a lo que entenderíamos por el portero del bloque, solo que este duerme en el portal. Es un verdadero guardián. Tenía órdenes de darme las llaves de la casa de Djiby, un chico de Gijón, amigo de Nerea y Mamadou, que me hospedaría la primera noche. Así allí estaba yo, entrando en una casa que no era mía y echándome a dormir cuando ya era de día en el sofá de aquel enorme salón. La casa pintaba bastante bien y, además, contaba con alcachofa de ducha e inodoro. Todo un logro, teniendo en cuenta las condiciones de mi anterior verano.

Al despertar, me asomé al balcón y me sorprendió lo similar que es el centro de Dakar a un Benidorm desliñado, en el que cada rincón pertenece a alguien y a nadie a la vez. Tomé una ducha, lo que fue una muy grata sorpresa, no sabía lo que me encontraría después de haber pasado el verano anterior a base de cubos de agua helada de pozo. Alcachofa con agua calentita, no se puede pedir más. Después conocí a Emilio, Djiby y Pauline, los cuales me acogieron de buen grado y con fruta tropical. Propusieron un plan, que de primeras no sabía lo apetecible que sería. Fuimos a la piscina del hotel Savana, un lujoso sitio donde por 12.000 cfas (unos 18 euros), tiene derecho a todo un día de piscina con vistas al mar y la ciudad, y a un bono en el bar por valor de 9.000, con el cual devoré un pescado de lo más estupendo. Así que fue un día redondo.

Los planes eran salir a las 5 am, en un taxi alquilado con otras tres personas, que finalmente salió a las 3 am. De nuevo madrugón y tres horas de sueño en el cuerpo. Y ahí fui de nuevo, con mi enorme mochila, en mitad de la noche, con un parco francés, intentando que el taxista supiera donde me encontraba, para que nos pudiéramos ver. Lo conseguí finalmente, vía SMS, ya que no era capaz de entender ni un ápice de francés, de entre los sonidos que profería. Además, el tipo, no hacía el mínimo esfuerzo por vocalizar un poco. Me subí al taxi y continuó la aventura.

Ana

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