La difícil despedida…

He de confesaros que me ha costado mucho sentarme a escribir este último post (último de mi primera etapa en Aminata, por supuesto). Me ha resultado tan duro, básicamente, porque tengo una particular dificultad en dejar marchar; en dejar marchar personas, momentos, etapas… Y aquí toca a su fin una fase muy bonita de mi vida, que a veces ha sido bien compleja y complicada, pero que si hago balance ha merecido con creces la pena. No sólo por el gesto y el objetivo de esta acción: construir el proyecto de Centro Cultural de mi adorada Nerea; sino también por toda la gente que ha participado y ayudado a que esto sea posible, por todos los rincones y lugares que hemos conocido y disfrutado, por las amistades surgidas, los escollos salvados gracias al equipo entero… han sido dos meses absolutamente maravillosos que debo agradecer a mucha gente.

Los últimos días en obra han sido muy complicados, sobre todo marcados por las lluvias constantes, que no nos han dejado trabajar al ritmo que nos hubiera gustado, para dejar terminada la mayor parte del edificio posible. Era evidente, desde hacía semanas, que el edificio que iniciamos a construir en junio, no podríamos verlo acabado en vivo y en directo. Ha sido difícil mantener el ritmo de trabajo que nosotras queríamos, ya que aquí a veces se avanza muy rápido unos días y otros, por motivos varios (logística, personal, falta de materiales, festividades varias…), no se puede progresar prácticamente nada. “C’est come ça!”. Eso sí, hemos contado con un equipo en obra de excepción. Me he sentido siempre muy valorada, pese a ser mujer y joven, que siempre es un hándicap y, particularmente más en obra y en ciertos contextos. Siempre hemos dialogado todo y consultado cada detalle del edificio entre todos. Creo que ese ha sido el secreto: una gran labor de equipo. Desde aquí, quería agradecer todo el trabajo a mis chicos y decirles: “Gnoko bok!”.

Hemos podido, con mucho esfuerzo, dejar subida lo que será la estructura de la cubierta. También hemos dado todas las instrucciones técnicas, tanto al equipo en obra, como a la contraparte, para acabar todo de manera adecuada. Contamos además con Lamine, Mamadou y Zalle, que son expertos en esto, así que nos vamos bastante tranquilas, aunque eso sí, con ojo allá gracias a las redes y la telefonía. Al fin y al cabo, este edificio es “hijo” de todos y de todas.

Tras dejar todo lo más atado y definido posible, nos dispusimos a despedirnos de todas las personas que han formado parte de esta aventura en el precioso pueblo de Gandiol. Fueron momentos muy emotivos, de abrazos y palabras preciosas de agradecimiento mutuo. Hubo regalos sorpresa en ambos lados y muchas muestras de cariño. Siento que dejamos una familia aquí, pero sé que no es una despedida, que es solo un ¡hasta pronto Gandiol! ¡Basuba!