Cuando cruzas un río para ir a trabajar

Hoy es día de obra, así que llevo desde que amanecí a las 6 de la mañana con una sonrisa en la boca.

Desgraciadamente, no todos los días son de obra. Como delegada de construcción, toca delegar mucho esa parte en mi equipo técnico (Contramaestre e Ingeniero), que son los encargados de que todo en terreno vaya bien. Yo me encargo de supervisar y gestionar que todo, no solo la obra, sino también toda la parte burocrática, de compras y demás acciones necesarias (que no son pocas!), que hacen que los proyectos puedan hacerse realidad.

Así que ahí estoy yo, toda preparada con mi uniforme CRE, con mi cámara, mi bocadillo y mi agua, mi cuaderno de notas y mis ganas. Nos montamos tres en el coche: Octave (el conductor), Tony (mi agente de rendición de cuentas… y mi mano derecha, porque siempre está en todo) y yo. Ponemos rumbo, no sin antes pasar a recoger a los dos fontaneros que nos ayudarán hoy a calcular todas las piezas y material necesario para dejar lista la compra de fontanería para nuestra preciosa escuela en Tavette.

Me encanta el camino hacia este pequeño pueblito del Sudeste de Haití. Para llegar hasta Tavette hay que recorrer unos 45 minutos de curvas, piedras (a veces enormes), mucha vegetación, aldeas de cuatro casitas humildes, con niños y mujeres que te miran con ojos grandes y negros, y un río. Pero no un riachuelo, no. Un río que se ríe del Ebro, si hace falta. Un río que cuando llueve mucho, como es normal en época de lluvias tropicales, se llena tanto, que impide que podamos pasar, ya que buena parte del trayecto que hacemos para llegar, es sobre dicho río. Afortunadamente, no estamos en época de lluvias, y el río está bastante bajo, dando lugar a numerosas escenas de gente lavándose, niños volando cometas de plástico y material de reciclaje, animales de todo tipo, y mi alucine personal. No sabéis lo feliz que me hace este camino. No sabéis lo increíble que es poder trabajar de lo que me gusta, y hacerlo aquí.

El día de trabajo en Tavette fue muy completo. Pude comprobar cómo avanzan los trabajos de pintura de los principales edificios del conjunto educativo (aulas, casa de los profes, comedor..). Aún quedan por construir el edificio de la Dirección y las Letrinas. Y es que construir en este tipo de contextos es complejo, además de juntarse con los procesos particulares que establecen las Cruces Rojas, para que todo vaya bien, a nivel más burocrático. Esto hace que el avance de la obra sea un poco un juego de malabares, entre los procesos de compra, presupuesto y trabajos físicos, y así las cosas van avanzando, despacito y con buena letra, aunque a veces algo despacito.  🙂

Pude también reunirme y conocer a los miembros del “Comité de pilotage”, entre los que están miembros de las diferentes asociaciones del pueblo, el director del cole y colectivos varios. Pude comprobar sus ganas por ver realizada su escuela, también un poco sus deseos y sugerencias, a la par que sus quejas. Este tipo de proyectos, los efectuados conjunto a la comunidad beneficiaria, son complejos, un reto que requiere mucha mano izquierda y la buena relación entre muchas variables. Un reto que asumo con gusto y muchas ganas.

Pude comprobar también la entrega de una parte de bloques de hormigón que se habían encargado a unas de las empresas de Jacmel. Hubo algunos roces, ya que algunos bloques llegaron rotos, cosas muy típicas, sobre todo teniendo en cuenta el camión que los trae y el camino que recorre… así que procedimos al recuento de los bloques en buen estado, y firmamos un acuerdo para recibir aquellos que no habían llegado en buenas condiciones. Todo un show.

La vuelta a casa fue, de nuevo, un espectáculo. Y así me fui para casa.

Ana Martín.