Por fin, Gandiol

El taxista se llamaba Ali y resultó ser aún más raro que el anterior. Costaba mucho sacarle alguna palabra, y las pocas que salían por su boca debían ser repetidas debido un acento terrible que no lograba digerir. Decidí, una vez el resto de tripulantes estuvieron a bordo, intentar echar una cabezadita. Así fue, hasta que al desvelarme me percaté que íbamos a más de 130 kilómetro por hora, circulando por una carretera de dos carriles, uno en cada dirección. El concepto de seguridad, y más concretamente de la vial, es algo que ya me imaginaba, por mi experiencia camerunesa, que brillaría un poco por su ausencia. En el caso de este hombre era ya rozar el suicidio. Tuve bastante miedo en varias ocasiones, incluso pidiéndole que soltara un poco el pie, el tipo tiene tan poco interiorizado ese miedo, que supongo que lo hace porque cree que debe hacerlo así. Quizás es su concepto de cómo debe ser un buen taxista, aunque para mí es cómo debe ser un buen kamikaze.

Cuando todos los tripulantes descendieron, decidí pedirle el favor de que me acercara hasta Gandiol, pese a que el plan establecido era dejarme en Sant Louis (a unos 20 km de mi destino). Él accedió a llevarme por algo más de dinero, lo cual me pareció muy bien. Ya estaba el tipo como más relajado y hasta resultaba simpático en última instancia. Se presentaba otro problema, no tenía ningún teléfono senegalés de mi equipo (los españoles salían apagados o fuera de cobertura) y tampoco tenía ninguna dirección. Así que le dije que debíamos buscar a Mamadou Dia y su organización Hahatay. El tipo me miró como no entendiendo nada, ya que dijo que Gandiol era bastante grande. Pese a todo los encontramos a la primera, preguntando a unos chicos que nos indicaron el camino. Identifiqué la casa al momento, ya que la había visto en fotos alguna vez. ¡¡Había llegado por fin!!

Ana Martín