La tormenta del fin del mundo

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En mis dos experiencias africanas hay numerosos momentos en los que me he visto entre la espada y la pared. Uno de ellos es con respecto al tema “infancia”. Los niños y las niñas en algunos de estos entornos no tienen la protección, muchas veces sobreprotección, que tienen en España. Aquí los infantes, en cuanto pueden gatear, ya son “independientes”. De hecho, comen solos en cuanto pueden levantar una cuchara. Además, ayudan en las tareas del hogar, se cuidan unos hermanos a los otros y la mayoría trabajan, en mayor o menos medida. En la obra los tenemos a menudo ayudando, vienen con sus tíos o familiares a echar una mano a mover adobes, arcilla o lo que les digan. Evidentemente, desde mi perspectiva eurocéntrica, todo esto me genera dilemas, pero como en muchos otros momentos, intento dejarme llevar y aceptar que aquí es así. A los niños y las niñas se les enseña a ser personas adultas mucho antes, aunque también tienen espacio para el juego. Nunca faltarán niños y niñas que, a lo largo del camino a casa, te asaltan con juegos y risas, con preguntas locas y gritos de “toubab”.

Por lo demás, todo sigue adelante, hemos hecho la cimentación de las cinco pilastras del módulo de la biblioteca. También hemos dado con la “fórmula” perfecta para el recubrimiento de las paredes. Hemos creado la mezcla idónea de mortero de tierra (cemento, arena, arcilla, syka y paja), la hemos aplicado a última hora del día, para evitar grietas por el secado rápido con el sol… y voilà! Resultado perfecto.

Estamos también en trámites de pedir las vigas de madera para empezar a construir las cerchas, ¡qué ganas!, y qué necesario también; ya que está empezando la temporada de lluvias en el país y esto incremente la posibilidad de pérdida de algunos de los adobes. Es un material que, seco, es bastante resistente… pero muy débil ante una tromba de agua.

Anoche tuvimos tormenta apocalíptica a las 5 de la madrugada. Afortunadamente, el día anterior nos pareció que llovería y cubrimos el edificio, a conciencia, con tablones, plásticos y bloques de hormigón, para impedir su vuelo. Así que, tras la noche toledana, donde incluso en casa llegó a colarse algo la lluvia, mientras todos los animales de casa (cabras, vacas, pollos y perros) emitían sus correspondientes sonidos a la madre naturaleza enfurecida, hemos ido a la obra a comprobar los destrozos. La mayoría de los plásticos han aguantado, aunque en algunos sitios puntuales del edificio habrá que sustituir algunos adobes que se han mojado demasiado.

Esta mañana no se trabaja, volvemos a la tarde para seguir recubriendo de mortero y dejar impermeable el muro, evitando así estos inconvenientes con el clima tropical.

¡Seguimos!